
Google Docs
Hace un par de semanas sucedió un hecho en Internet que, si bien no es insólito, sí que ha tenido bastante repercusión en estos mundos digitales. Sucedió que durante unas cuantas horas el servicio de correo electrónico de Google, GMail, estuvo caído. En gran parte de los Estados Unidos estaban durmiendo, lo cual amortiguó bastante el golpe, pero a este lado del planeta cundió el pánico durante un buen rato.
Las primeras reacciones aparecieron en diversos blogs, en meneame y, por supuesto en Twitter, fuente de noticias en tiempo real por excelencia. Desde Google se emitió un notificado oficial en el que se daba una información muy pobre sobre supuestos fallos en algunos de sus servidores. Los usuarios pasaban de la sorpresa al pánico en cuestión de minutos, y en vilo estuvieron durante esas horas, que cubrieron casi toda la jornada laboral matutina.
A los que usamos GMail como correo personal nos supuso, más que un problema real, un inconveniente o incluso una curiosidad, y nos asomábamos de tanto en tanto a los medios a ver qué pasaba. Pero para muchas personas que confían su correo profesional a Google fue una jornada de verdadera tensión. No sólo por no poder comunicarse con sus clientes y proveedores sino por la incertidumbre de no saber qué estaba pasando con toda la información que habían entregado a una empresa externa.
Puede entenderse el sufrimiento de estos usuarios. Sin embargo, no se puede aceptar su indignación ni sus quejas. Al fin y al cabo, cuando se dieron de alta en el servicio, nadie les garantizó que fuese a funcionar siempre. Y eso que cada vez que entran a mirar su correo ven una pequeña etiqueta que pone “beta”.
Google no está obligada a indemnizar a sus usuarios por ese tiempo en que estuvo sin dar servicio. Aun así, lo ha hecho: los usuarios de pago Google Apps Premium recibirán un regalo de días de servicio gratuitos en compensación. Todo sea por mantener la fidelidad de sus clientes. Pero insisto, no es una indemnización sino una compensación, una especie de regalo por su comprensión
Al final, el servicio se restableció igual que se fue. La causa: una actualización de código en algunos servidores originó un fallo en cadena que llevó varias horas solucionar. Todo volvió a la calma, pero el suceso nos da qué pensar.
Vivir en las nubes
Hoy día todos tenemos una dependencia mayor o menor de sistemas de información remotos. Desde reservas de billetes de avión on-line hasta transacciones bancarias. Según el grado de conocimiento de Internet que tengamos usamos servicios como
PayPal o
eBay con nuestro dinero, subimos nuestras fotos a
Flickr o
Picasa, guardamos nuestros marcadores en
deli.cio.us, dejamos parte de nuestra historia personal en
Facebook,
Twitter o
Blogger. Los más atrevidos ya no usan
Office sino
Google Docs, tienen la agenda en
Plaxo o
Mobile Me, y hasta almacenan sus contraseñas en
Foxmarks.
Y confiamos en que todo seguirá ahí, que nadie lo tocará y que siempre que necesitemos la información la encontraremos. En la mayoría de los casos no damos nada a cambio excepto mirar de reojo los anuncios que se muestran en una barra lateral. A veces ni eso.
Pero como dicen los americanos, shit happens, y cuando alguno de estos servicios falla, ponemos el grito en el cielo, inundamos los foros de airados mensajes, maldecimos a los programadores, a los directivos y a toda su descendencia. Y nos lamentamos de haber confiado cosas tan importantes a alguien a quien no conocemos y es tan poco de fiar.
Lo que parece haber olvidado todo el mundo es cómo estábamos hace diez años. Todo era más cercano, más tangible, más doméstico. Nuestros documentos, contraseñas y marcadores estaban en el disco duro de nuestro ordenador, a lo más en un servidor en la red local del que, con suerte, se hacían copias de seguridad en cintas periódicamente. El correo electrónico también estaba en servidores locales. Y toda esta infraestructura de alta tecnología estaba controlada y custodiada por una cuadrilla de geeks que hablaban en un lenguaje ininteligible.
Y las cosas también fallaban. Que el correo dejase de funcionar no sólo una mañana sino un día entero era algo que ocurría, casi tanto como que los discos duros se estropearan, entraran virus y se colgaran los servidores. Y no protestábamos en los foros sino que le gritábamos a los geeks, a los que había que pagar por unas tareas que no comprendíamos, y que siempre mendigaban presupuesto para actualizar los sistemas. Y los buzones se llenaban y había que borrar mails. Y perdíamos documentos porque se iba la luz en el peor momento y no habíamos grabado. Pensémoslo otra vez, ¿podemos quejarnos?
Nos hemos quitado el mantenimiento de los servidores de correo, el coste del espacio de almacenamiento, la implementación de pasarelas de pago, el coste de personal para mantenerlo, tener que mandar a alguien al banco a hacer transferencias, y hasta el coste de licencias de software quien lo desee. Es muchísimo menos probable que perdamos un documento en Google Docs a que se estropee en nuestro disco duro o que un mail importante sea incorrectamente marcado como spam por GMail que por el filtro de correo de tu oficina. Es así, no le des más vueltas.
Hay que abandonar los viejos esquemas y pensar en la nube que está delante de nosotros. Quedarse atrás no es sino dejar pasar trenes y perder competitividad. El movimiento está ahí arriba, así que es mejor no perder tiempo quejándose y embarcar cuanto antes.
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